El Monstruo de Tacuba

La primera vez que supe de esta personalidad que me sentí atraído, pues estaba buscando una imagen para un personaje, porque quería hacer un mega villano, muy inteligente, más que el promedio y con una maldad escondida que ni él mismo supiera que existiera tanta maldad en su interior.

Así pues, me fui adentrando en el laberinto de la red, buscando algo parecido, y de pronto, ahí estaba, lo que jalo mi interés fue que hubiera hecho cómics, ¿En serio?

Lo vi quieto, tranquilo, con un semblante suave, como quien no rompe una tasa.

Busque más información, algunos videos, la prensa de aquella época lo califico como el “Estrangulador de Tacuba”, “El Monstruo”.

Un asesino serial, pues asesino a 4 jovencitas que enterró en su propio patio.

Era tímido y usaba gruesos lentes, Estudiaba en la facultad de Ciencias Químicas, y debido a su desempeño, obtuvo una beca que le fue otorgada por PEMEX, con la cual pudo continuar sus estudios. La noche del 15 de agosto de 1942, subió a su coche, a una prostituta de nombre María de Los Ángeles González, alias “Bertha”, la llevo a su casa, en la calle mar del Norte No. 20, en Tacuba, cerca del Centro Histórico de la Ciudad de México, después de tener relaciones con ella, la chica fue al baño y entonces la estranguló con un cordón, después de asesinarla la llevo a su patio y la enterró. Primer experimento fallido.

Una semana después, la madrugada del 23 de agosto, el monstruo salió de cacería otra vez. Esta ocasión, la prostituta elegida tenía catorce años. A ella le sorprendió que su cliente tuviera una amplia biblioteca en su casa. De hecho, tras llevarse a cabo el acto sexual, se dedicó a mirar algunos de los libros. En eso estaba cuando él la atacó con el mismo cordón. A las cinco de la mañana, ocupaba otro sitio en el patio de la casa de mar del Norte. Esta vez el experimento dio resultados favorables, pero no suficientes. La chica fue identificada originalmente como Raquel González León, pero esta apareció viva meses después. Para entonces, su hermano había muerto de un infarto por la impresión y la víctima había sido enterrada con su nombre. ¿Quién fue la mujer ultimada esa? Su identidad jamás se averiguó.

Los lapsos se iban acortando. solamente seis después, la noche del 29 de agosto, el monstruo fue a buscar una nueva compañía femenina. La encontró en Rosa Reyes Quiróz, otra menor de edad que no llegó a acostarse con él. Para entonces, su entorno estaba muy descuidado: su laboratorio en desorden, los libros fuera de su lugar, había ropa sucia por todas partes y el polvo empezaba a acumularse en todos lados. Esto provocó cierta desconfianza en Rosa, quien se dirigió al laboratorio para curiosear sobre su cliente. Allí, mientras veía unos matraces y algunos tubos de ensayo, fue atacada. Rosa presentó resistencia. La lucha fue violenta, pero el monstruo triunfó. Sin embargo, la expresión de horror en el rostro de Rosa lo impresionó. Turbado, cavó de inmediato la fosa correspondiente. Se dio cuenta de que ya no quedaba mucho espacio en el patio, así que la amarró de pies y manos. A las cuatro de la mañana concluía su faena.

El último crimen ocurrió cuatro días después, el 2 de septiembre. Una chica llamada Graciela Arias Ávalos, estudiante del bachillerato de Ciencias Químicas de la UNAM, aceptaba la amistad de aquel monstruo. Graciela era una alumna modelo y su padre, un conocidísimo abogado penalista, Miguel Arias Córdoba. Ese día, Graciela lo esperó afuera de la Escuela Nacional Preparatoria. Un Ford, se detuvo y el Monstruo invitó a subir, supuestamente para llevarla a su casa, ubicada en Tacubaya nº 63. Al llegar afuera de la casa de la chica, y aún dentro del auto, le habló de su amor por ella. Graciela lo rechazó, y entonces él intentó besarla a la fuerza. Ella le dio una bofetada y entonces, iracundo, arrancó de un tirón la manija del automóvil y comenzó a golpear a Graciela en la cabeza hasta que la mató. La sangre empapaba su larga cabellera. la llevo hasta su propia casa. Bajó el cadáver, lo puso sobre el catre donde dormía, lo envolvió en una sábana y, ya en la madrugada del 3 de septiembre, lo enterró.

El siete de septiembre, su madre lo interno en el Hospital psiquiátrico del Dr. Oneto Barenque, a petición expresa de su hijo, “el monstruo”. Adujo que él “había perdido completamente la razón”. Allí acudió, el 8 de septiembre, el subjefe del Servicio Secreto, Simón Estrada Iglesias, para interrogarlo sobre la desaparición de Graciela Arias. Como respuesta, el asesino le mostró unos pedazos de gis y le dijo que eran pastillas “para volverse invisible”. El investigador recrudeció su interrogatorio y finalmente el monstruo se derrumbó: confesó que había matado a la chica y que la había enterrado en el patio de su casa.

A las 3 de la tarde de ese día, la policía, acompañada del homicida , entró a la casa de Mar del Norte; de inmediato vieron un pie podrido que sobresalía del suelo. Excavaron y hallaron los cuatro cadáveres. El criminal los iba guiando.

En su cuarto de estudio, los investigadores hallaron un Diario, escrito de puño y letra que decía: “El 2 de septiembre se consumó la muerte de Gracielita. Yo tengo la culpa de ello, yo la maté, he tenido que echarme la responsabilidad que me corresponde, así como las de otras personas desconocidas para mí. Ocultaba los cadáveres de las víctimas porque en cada caso tenía la conciencia de haber cometido un delito”.

Pidió entonces una máquina de escribir e hizo él mismo su declaración, describía en detalle los asesinatos, pero echaba mano de recursos novelescos y de la jerga periodística de nota roja.

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Entre tantas cosas, era químico.

Fue abogado, estudio leyes y logró sacar a muchos de la cárcel, incluso cuando él era considerado un convicto peligroso.

Fue escritor (Escribió 3 libros).

Fue psiquiatra (Estudiaba psiquiatría, solo para confundir a los especialistas).

Fue músico (Tocaba el órgano y componía música, hacia canciones).

Fue Editor (Dirigió una revista).

Fue Pintor.

Fue Empresario. (Puso una tienda de abarrotes en la cárcel).

Fue Padre, (tuvo hijos).

“Sinceramente, ¿quién no ha tenido ganas de matar a alguien?”. Ninguna mano fue levantada y el especialista aseveró: “Matar es parte de nuestra naturaleza”.

Un detalle que se pasa siempre por alto y que consta en el expediente del caso es que, además de haberlo capturado, la policía detuvo a otros dos jóvenes como sospechosos y cómplices: Juan Antonio Rodríguez Rosas y Jorge Roldán Roldán.

El 13 de septiembre de 1942, se le dictó auto de formal prisión, y fue recluido en el Palacio Negro de Lecumberri.

El 30 de septiembre de ese 1943, su abogado solicitó que su defendido se presentara en el juzgado, y entonces observaron al homicida en actitud diferente: la mirada ahora era vaga y los rasgos faciales fijos, impasibles, con espasmos frecuentes en rostro y cuello, por estas acciones y comportamiento, fue enviado al pabellón para enfermos mentales. No obstante, sus abogados consiguieron que fuera trasladado al Manicomio General de La Castañeda, supuestamente para recibir tratamiento.

Fue llevado al Manicomio General de la Castañeda, donde recibió un tratamiento de electrochoques que permitió desaparecer rápidamente el estado de confusión que padecía. El interés mostrado hacia la psiquiatría lo hacía, no tanto para cultivarse, sino más bien con la idea de continuar confundiendo a los especialistas.

Inexplicablemente, obtuvo múltiples comodidades: empezó a asistir a las clases de Psiquiatría que ofrecía el director del manicomio, entraba a la biblioteca sin problemas, recibía visitas familiares e incluso se iba al cine con algunas amigas.

El 25 de diciembre de 1947, cinco años después de entrar allí, se fugó con otro interno y partió rumbo a Oaxaca; veinte días después fue reaprendido y alegó que no había escapado, sino que se había ido de vacaciones.

Las autoridades decidieron regresarlo a Lecumberri el 22 de diciembre de 1948. Una vez allí,  memorizó el Código Penal, cursó la carrera de Derecho, se convirtió en litigante, realizaba historietas dibujadas por él mismo donde contaba crímenes famosos, e incluso escribió varios libros, entre ellos Celda 16, Pabellón de locos, Una mente turbulenta y Adiós a Lecumberri.

Tocaba el piano que su madre le había regalado, escuchaba ópera, leía poesía, dirigió una revista y comenzó a pintar cuadros. En el penal se casó y tuvo hijos, a quienes mantenía con las ganancias de una tienda de abarrotes que puso dentro de la cárcel.

Una vez declaró: “A mí me examinaron como 48 o 50 médicos… unos señalaron esquizofrenia, otros una psicopatía, otros diferentes tipos de epilepsias, otros, debilidad mental a nivel profundo. Otros, paranoia. Sí, cómo no”.

En 1976, su familia apeló al entonces presidente de la República, Luis Echeverría Álvarez, quien, al determinar que era “una celebridad”, terminó por indultarlo. El 8 de septiembre de 1976, “El estrangulador de Tacuba” abandonó la cárcel.

Poco tiempo después, mientras Mario Moya Palencia era Secretario de Gobernación, el Congreso de la Unión lo invitó a asistir a la Cámara de Diputados, donde se le brindó un justísimo homenaje.  Uso la Tribuna para hablar sobre su vida. Los diputados priistas aplaudieron de pie al primer asesino serial Nacional, y en sus discursos lo calificaron como “un gran ejemplo” para los mexicanos y “un claro caso de rehabilitación”.

Después, inauguró una exposición de sus pinturas en una galería de la capital mexicana y la critica lo favoreció, vendiendo todos sus cuadros a altísimos precios. Abrió además un despacho y se dedicó a litigar. Se hizo una radionovela sobre su vida, que tuvo altísimos niveles de audiencia. Incluso, en su momento  pensaron en levantar una estatua con su imagen en la Ciudad de México.goyoboceto

Años después, su vida se llevó al celuloide en un documental independiente, un macabro tributo exhibido en la Muestra Internacional de Cine, realizado por Ricardo Ham y Marco Jalpa, basado en una idea original de Verónica de la Luz, quien también lo produjo; José Estrada hizo una adaptación de su caso en la cinta El profeta Mimí; y el cineasta Alejandro Jodorowski filmó Santa Sangre, su espléndida y enfermiza película, inspirado en la biografía de este personaje. Además, su caso se estudia desde hace décadas en Criminología y en la carrera de Derecho, en la UNAM.

Gregorio “Goyo” Cárdenas Hernández, murió el 2 de agosto de 1999 y se convirtió de esa manera en el asesino serial más surrealista de la Historia. El pueblo le hizo canciones, hubo estampitas con su imagen, y fue idolatrado por la gente, que aún recuerda su nombre y obras.

Una personalidad digna de recuperarse y hacer de él un mega villano, si, de la vida real, como dice el dicho aquel que reza: La realidad supera a la ficción.

 

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